Cada diciembre, las mesas mexicanas se llenan de un aroma inconfundible: el del mole caliente abrazando a los romeritos. Para muchos, es el plato estrella de la Navidad, pero pocos saben que lo que tenemos en el plato no es una “hierba” común, sino un fósil viviente de la época prehispánica que ha logrado lo imposible: sobrevivir a la desaparición casi total de los antiguos lagos del Valle de México.
A diferencia de la lechuga o las espinacas, el romerito no es una verdura domesticada de forma convencional; es un quelite (del náhuatl quilitl, hierba comestible) que guarda secretos biológicos que lo convierten en un verdadero guerrero del campo.
Un especialista en la sal
Si recuerdas nuestra nota sobre la agricultura salina, el romerito es el embajador perfecto de este concepto. Su nombre científico es Suaeda edulis y es una planta halófita. Esto significa que, mientras la mayoría de los cultivos morirían si el suelo tiene demasiada sal, el romerito ha evolucionado para prosperar precisamente en esas condiciones alcalinas y difíciles.
Este quelite crece de forma natural en las zonas que aún conservan el espíritu lacustre de la Ciudad de México, principalmente en las alcaldías de Tláhuac y Xochimilco. Su capacidad para filtrar y “comerse” la sal del suelo no solo le da ese sabor mineral tan característico, sino que lo convierte en un aliado ecológico que ayuda a mantener el equilibrio químico de las chinampas. Es, literalmente, una planta que limpia la tierra mientras crece.
El guardián de las chinampas en 2025
La producción de romeritos es más que una tradición; es un acto de resistencia ambiental. Para este ciclo agrícola, se estima una producción que supera las 15 mil toneladas, concentradas casi en su totalidad en comunidades como San Andrés Mixquic.
Consumir romeritos en Navidad es, en realidad, una forma de apoyar el sistema de chinampas, un método de cultivo ancestral que ha sido reconocido por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad. Al elegir este manjar, estamos financiando la conservación de los pulmones hídricos de la capital. Además, nutricionalmente es una “bomba” de beneficios: es rico en nitrógeno, potasio y vitaminas A y C, lo que lo convierte en un superalimento que ha alimentado a México desde tiempos de los aztecas, quienes lo consumían con huevos de mosca acuática (ahuautle).
¿Por qué comer un “superviviente”?
Hoy en día, el romerito es un ejemplo de cómo la agrobiodiversidad mexicana puede enfrentar el cambio climático. Tolera suelos que otros rechazan y que mantiene viva una cadena de suministro que une el pasado prehispánico con la cena de Nochebuena de hoy.
Así que, cuando des el primer bocado a tu revoltijo este año, recuerda que estás probando la resistencia de un ecosistema que se niega a desaparecer. No es solo una guarnición; es la historia viva de un lago que sigue latiendo en nuestro paladar.
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