Alimentación

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Tubérculos y raíces: deliciosa abundancia

Publicado el 04 diciembre 2017

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¿Hay algo más reconfortante que unas papas fritas o un camote de carrito? Los guisos de tubérculos y raíces son una delicia cálida y nutritiva, ideales para los meses del invierno. Cuando vienen la primavera y el calor, pueden transformarse en algo fresco pero igualmente satisfactorio. Son considerados por la FAO una de las mejores y más baratas fuentes de energía, además de contener un alto índice de fibra. También son algunos de los cultivos más prolíficos, según la propia FAO. Su contenido energético y de fibra hacen que las personas se sientan más que satisfechas con una ración moderada. Si se combinan con otros nutrientes —hojas verdes, algún tipo de proteína— representan una comida completa y bien balanceada. Así que puedes nutrir a un ejército con ellos.

Empecemos por la definición. Estamos hablando en ambos casos de raíces engrosadas (tuberosas) en las que se almacenan todos los nutrientes que la planta pueda necesitar para su vida. Algunos tubérculos son muy comunes en México y América, como la papa, el ñame, la tapioca y el camote; otros, como la casava, son más comunes en África. Las raíces comestibles más requeridas son la zanahoria, el apio, la jícama o el betabel, aunque también se comen las raíces de los chayotes (chinchayote) y de las aliáceas (ajo, cebolla, poro). También los nabos y rábanos están incluidos en esta lista.

Los tubérculos o raíces de colores intensos tienen betacarotenos, un precursor de la vitamina. Y, todo este grupo suele ser rico en minerales como el manganeso, importantes para el sistema inmune y la salud general.

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En el caso de los camotes, las papas y los ñames por ejemplo, puedes hacer una siembra sin tener semilla. Los pequeños brotes que ves en las raíces maduras se convertirán con el tiempo en la yema que pondrás bajo la tierra. Hay que separarlas de la planta “madre” antes de que se pudra. Puedes adelantar el proceso sumergiendo una parte de la raíz en agua, sólo que hay que estar muy pendiente de las condiciones en las que estarán (los ñames son de lugares cálidos, las papas de lugares fríos).

En el caso de los betabeles y las zanahorias, lo que hay que hacer es cortar la punta de una planta madura, la “cabeza”, de la que pendan las hojas, ponerlas en un poco de agua (en una charola o recipiente plano) y dejar que crezca el bulbo antes de enterrarlo. Aunque son plantas tan generosas, que muchas veces puedes enterrar superficialmente la cabeza y las hojas y esperar a que crezcan ya en el terreno que preparaste para ellas. Este proceso puede repetirse muchísimas veces: puedes tener en casa algo así como el cuerno de la abundancia.

Todos estos vegetales requieren de espacio a la hora de crecer, porque se ensanchan para alcanzar el punto en que podemos comerlos o porque tienen asociados a otros tubérculos o raíces similares; es decir, cuando siembras una papa no hay en el suelo una sola papa, sino varias que después podrás cosechar.

Es necesario una buena cantidad de tierra que drene bien. Si se siembran en macetones o contenedores (e incluso en sacos) hay que pensar que lo mejor es sembrarlos a una profundidad de 60 cm y en todos los casos dejar un mínimo de 15 cm entre una planta y otra (cada una tiene sus particularidades, tenlo presente).

Vale la pena intentarlo porque son rendidores, sabrosísimos, nutritivos y, sobre todo, no son cultivos exigentes o caprichosos.

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